Raymundo Gleyzer

La mirada silenciada

_“Había en mí una revelación por lo ignorado, esa es la palabra… Y me vine, con mi sangre, conmigo en una maleta, y unas ganas ávidas de expresarme, de dar algo de mí...”, _escribió Raymundo Gleyzer en su “Diario de viaje y de rodaje del film La tierra quema”. Y fue esa rebeldía ante la verdad ocultada lo que lo llevó a plasmar con su cámara la vida tal y como era –como es– en las dolidas tierras de Latinoamérica y a transformarse en el mayor exponente del cine militante.

_“Había en mí una revelación por lo ignorado, esa es la palabra… Y me vine, con mi sangre, conmigo en una maleta, y unas ganas ávidas de expresarme, de dar algo de mí...”, _escribió Raymundo Gleyzer en su “Diario de viaje y de rodaje del film La tierra quema”. Y fue esa rebeldía ante la verdad ocultada lo que lo llevó a plasmar con su cámara la vida tal y como era –como es– en las dolidas tierras de Latinoamérica y a transformarse en el mayor exponente del cine militante.

Raymundo había nacido el 25 de septiembre de 1941 en Buenos Aires en un hogar de inmigrantes de origen judío e ideas comunistas. De sus padres –actores– heredó su pasión por el arte y quizá también a través de ellos devino su activismo político: eligieron su nombre por admiración hacia Raymond Guyot, un guerrillero francés asesinado por los nazis.

Tenía 13 años cuando comenzó a sentir el influjo de la imagen y una cámara fotográfica sirvió como canalizador de sus inquietudes. Poco después se inscribió en la Escuela de Cine de la Universidad de La Plata donde se revelaron sus verdaderos intereses, muy distantes del cine industrial o la experimentación vanguardista: su lente debía reflejar la realidad de los oprimidos, de los castigados por el hambre y la injusticia… lo escamoteado por el sistema.

En 1964 viajó al nordeste brasileño donde filmó La tierra quema, un crudo documental de poco más de 10 minutos en el que ya podía apreciarse que en él coexistían el oficio y la pasión imprescindibles para un cineasta con mayúsculas. Sin “mostrar al adversario”, logró una obra de alto nivel estético y con un valor agregado fundamental para el cine social: la concientización de las bases.

Decidió suplantar los estudios académicos por la experiencia de campo y realizó otros cortos: Ocurrido en Hualfin, Quilino y Ceramiqueros de Traslasierra. Pero Raymundo sentía que su cámara no debía limitarse a lo testimonial, sino que debía convertirse en una herramienta de comunicación política.

Su ojo inquieto lo llevó a trabajar para el noticiero Telenoche, registrando informes desde distintos lugares del mundo. Así se convirtió en el primer argentino en filmar en Malvinas y en la Cuba posrevolucionaria. Estas experiencias le generaron una visión propia de las distintas realidades y de cómo eran contadas según las conveniencias del poder.

Para entonces Raymundo ya había comenzado su militancia dentro del PRT-ERP. “El cine es un arma de contrainformación… Un instrumento de información para la base. Este es el valor otro del cine en este momento de la lucha”, afirmaba en 1970, época en la que junto con Álvaro Melián, Nerio Barberis y Jorge Denti fundó el “Grupo Cine de la Base”.

En 1971 filmó en la zona de Chiapas México: La revolución congelada, en la que analizaba el fracaso del movimiento revolucionario mexicano ante la ausencia de una ideología que lo sustentara. “El único medio para realizar cambios estructurales en nuestro continente es la revolución socialista”, declaraba. La película fue exhibida y laureada en varios países; en la Argentina fue prohibida. No obstante, se la proyectó clandestinamente en los numerosos encuentros en los que el cine “iba” hacia las bases, exhibiéndose en casas, villas, sindicatos… “Vale más en mi opinión transmitir a veinte personas ideas claras, que ideas confusas a millares…, y eso es lo que estaríamos obligados a hacer si trabajáramos para el sistema”, explicaba.

Igual suerte corrió Los traidores (1973), largometraje que podría calificarse como “docu-ficción”, que desnudaba la corrupción enquistada en los aparatos sindicales, políticos y del poder económico. Premiada internacionalmente y jamás estrenada en el circuito comercial “fue” a las bases despertando conciencias…

En 1974 filmó la que sería su última película: Me matan si no trabajo y si trabajo me matan. Al atardecer del jueves 27 de mayo de 1976 un grupo de tareas del Proceso lo secuestró; fue salvajemente torturado en las mazmorras de El Vesubio y luego desaparecido. “Nosotros no hacemos films para morir, sino para vivir, para vivir mejor. Y si se nos va la vida en ello, vendrán otros que continuarán…”, había sostenido Raymundo Gleyzer, literalmente un hombre de aquellos “imprescindibles” del universo brechtiano.

Última modificación: 30 de abril de 2011 a las 00:07
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