Violeta Parra

Veintiún dolores, una Violeta

En cincuenta años se había dado tiempo para renovar la música y la canción latinoamericana, construir una nueva forma de ser artista, darle status internacional a nuestra cultura popular, parir hijos, recorrer el mundo con el nombre de Chile en la garganta, amar a muchos hombres con rabia y vehemencia, pelear con los poderosos hasta ser escuchada, soportar mucho más que veintiún dolores… y morir como eligió.

La calurosa tarde del 5 de febrero de 1967 se escuchó un balazo en La Reina. Fue un tiro certero…

Era Violeta Parra que decidió morir a los cincuenta años en la carpa donde vivía, cantaba, bailaba y componía; el mismo techo precario donde hacía cerámica, bordados con restos de lanas de colores y poesía. Donde cocinaba cazuela, charquicán y unas empanadas jugosas. Donde había amado con vehemencia y quebranto.

Tenía parche-curitas en los dedos. La noche anterior había estado cantando y rasgueando su guitarra con furia para ver si así se aliviaba su mal de amor.

No fue el desasosiego sentimental el único dolor que la impulsó a dispararse un tiro. La incomprensión y falta de reconocimiento artístico en su propio país la fue colmando de pena. Pero Violeta, pasional de nacimiento, había amado con furores de terremoto chillanejo a muchos hombres, a veces manteniendo relaciones duraderas e historiadas, nunca sintiéndose amada como ella necesitó. Fueron los desgarros de amor a Chile, a la música y a su hombre, los que se arrancó del corazón de un balazo en esa tarde calurosa.

“MALEZA”

Violeta del Carmen Parra Sandoval había nacido, campesina y cantora, el 4 de octubre de 1917, a las once de la noche, al interior de Chillán. La vecina que ayudó a su madre a traerla al mundo fue la primera en sorprenderse con la criatura que traía dos perlas de leche en la boca, un par de dientes blancos y redondeados imposibles en un recién nacido.

Su infancia en Lautaro la pasó compartiendo hambre, canciones y travesuras con sus diez hermanos y hermanastros. A pesar de las estrecheces económicas siempre hubo música en la casa. En las tardes oscuras del sur, los padres de Violeta Clarisa y Nicanor entonaban viejas canciones alrededor del brasero y siempre se les unía algún pariente o vecino con arpa, caja o acordeón.

El padre, profesor de música, escondía su guitarra con llave. Pero Violeta, de siete años, se las ingenió para robársela y aprender a sacarle sonidos hermosos.
Antes de los diez años organizó a sus hermanos en una estrategia para combatir la pobreza: cantaban en trenes, circos y casas de remolienda. Violeta niña se deslumbró con el espectáculo circense y con las presentaciones de payadores y cuequeros que animaban las casas de prostitución.

No le gustaba la escuela y era enfermiza. Los demás niños le decían “Maleza” porque era rebelde y voluntariosa pero también por las marcas que dejaron en su cara la alfombrilla, la rubeola, la peste cristal y el sarampión, que la hicieron sentir una niña fea, y más tarde… una mujer poco agraciada. Sin embargo, no le faltaron amores.

LOS LUISES

En Santiago, en una quinta de recreo en Matucana, conoció a su primer marido, Luis Cereceda, un obrero de maestranza que viajaba en bicicleta de una provincia a otra para escucharla cantar. El romance fue rápido. Tuvieron tres hijos, compartieron diez años, pero el matrimonio se quebró. “El quería una mujer que le lavara y cocinara… Yo quería cantar”, explicó ella con lógica implacable.
Con sus críos a cuestas y el nombre de fantasía “Violeta de Mayo” siguió trabajando en bares de mala muerte, apoyada por su hermano y mentor, Nicanor Parra.

Le penaban los Luises. Luis Arce, maestro mueblista, fue su segundo marido. El era un hombre tranquilo, comprensivo, cariñoso. Tuvieron dos hijas: Carmen Luisa y Rosa Clara. Se separaron amistosamente cuando ella viajó a Europa a mostrar sus trabajos textiles y de recopilación folclórica y se quedó varios meses en esos menesteres.

Un joven cantante español, Paco Ruz, fue su acompañante en los días y las noches de ese recorrido. Cuentan que ella lo dejó un día y que la insistencia de él para retomar la relación no dio resultados.

En ese viaje y otros varios posteriores, Violeta fue reconocida en el Viejo Mundo como la artista multifacética y excepcional que era. Se paseó por los más importantes escenarios mostrando la música popular de Chile, la de los pobres, el canto de las lavanderas, las recolectoras de frutas, las prostitutas, los bandidos rurales, los payasos itinerantes, los artistas de la calle, los olvidados de Dios.
Pero el éxito de su trabajo se quebró en París con la llegada de una carta. Su hija Rosa Clara, de menos de diez meses, había muerto repentinamente. Ni siquiera pudo estar en el funeral de la pequeña.

RUN-RUN

En Chile Violeta había alcanzado cierta notoriedad como folclorista, y se comentó que algo tenía con otro joven cantante, protagonista de “La Pérgola de las Flores”, de nombre Pedro Messone. El rumor no fue desmentido ni confirmado.
Pero fue en Europa donde Violeta conoció al hombre de quien se enamoró perdidamente. El francés Gilbert Favre, músico, actor, mimo, ocho años menor que ella, era el hombre en el que Violeta vio la encarnación del amante y el compañero para toda la vida.

Tuvieron un romance turbulento, apasionado, trágico. Recorrieron emparejados varios países, haciendo presentaciones conjuntas, trabajando sin descanso. Volvieron juntos a Chile. Ella lo mimaba como a un hijo y lo llamaba Run-Run… Pero Gilbert Favre siempre se iba y la dejaba esperando el reencuentro… Ella lo amaba, lo celaba, lo seguía, le escribía. El la amaba, la visitaba, la admiraba, la criticaba. Les costaba separarse… No podían estar juntos.

Cuando Violeta regresó a Chile, en 1965, se desarrollaba el movimiento de “la nueva canción chilena”, estrechamente vinculado a su trabajo y sus intereses. Se pliega a la explosión creativa de esos días, junto a sus hijos Isabel y Angel, Patricio Manns, Osvaldo (Gitano) Rodríguez, Rolando Alarcón, Víctor Jara, Ricardo García, René Largo Farías, entre otros.

Pone en pie su carpa a fines de ese año. Estaba llena de ilusión y entusiasmo al montar esa especie de circo, como los de su infancia, que quería llenar de muestras artísticas, música y expresiones culturales. Todos los días, Violeta y su hija Carmen Luisa encendían un gran fogón en el centro de la pista, preparaban empanadas, anticuchos, mate y mistela, y esperaban al público. Pero llegaba poca gente, a veces dos o tres personas, frente a las cuales se hacía igual el espectáculo. Violeta canta, baila, hace presentaciones de títeres, muestra sus bordados y esculturas a los pocos interesados.

Los amigos la encuentran cada vez más hosca, agresiva, rabiosa e irascible. Ni la presencia de Gilbert logra aplacarla. Viene a verla a Santiago, le dice que está enamorado de ella, pero Violeta está insoportable y Gilbert sale escapando a los pocos días, rumbo a Bolivia. Violeta escribe y canta: “Run-Run se fue pa’l norte, no sé cuándo vendrá, será para el cumpleaños de nuestra soledad…”.

En esas angustias estaba cuando conoce a un joven uruguayo de origen campesino, de nombre Alberto Zapicán, vigoroso y atractivo, que la acompaña en la cama y en las dificultades cotidianas con paciencia, cariño y entrega.

A fines de 1966, Violeta se deprimía sin remedio. La carpa no daba los resultados esperados. Su música y su arte no eran valorados en su país. Pocas veces tenía de qué alegrarse. Le dolía la incomprensión y el desamor. Algo en ella se iba desgarrando irremediablemente. La noche del 4 de febrero tocó su guitarra, tal vez pensando en Run-Run, porque era el día de San Gilberto según el calendario.

Estaba completamente sola cuando se quitó la vida. En cincuenta años se había dado tiempo para renovar la música y la canción latinoamericana, construir una nueva forma de ser artista, darle status internacional a nuestra cultura popular, parir hijos, recorrer el mundo con el nombre de Chile en la garganta, amar a muchos hombres con rabia y vehemencia, pelear con los poderosos hasta ser escuchada, soportar mucho más que veintiún dolores… y morir como eligió.

Última modificación: 8 de septiembre de 2012 a las 13:13
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