Saignon (Vaucluse). 10 de mayo de 1967
A Roberto Fernández Retamar en La Habana
Mi querido Roberto:
Te debo una carta, y unas páginas para el número de la Revista que tratará de la situación del intelectual latinoamericano contemporáneo. Por lo que verás a renglón casi seguido, me resulta más sencillo unir ambas cosas; hablando contigo, aunque sólo sea desde un papel por encima del mar, me parece que alcanzaré a decir mejor algunas cosas que se me almidonarían si les diera el tono del ensayo, y tú ya sabes que el almidón y yo no hacemos buenas camisas. (leer todo).
Recomponer el dañado entramado de confianzas políticas maltratadas, luego de las derrotas y de la diáspora de mediados de la década del setenta, para muchos de nosotros, pasaba por reagruparnos. Teníamos que tomar distancia, tanto de un entorno depresivo y paralizante, como de una clandestinidad mortalmente envenenada, para poder incorporarnos a nuevas luchas en ascenso, que desde nuestro imaginario eran la continuación de las propias en otro despliegue. (leer todo).
Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria. (leer todo).
San Martín fue el libertador del Sur, el padre de la República Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró en España con su ejército para quitarles a los españoles la libertad, los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón del monte: al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento. San Martín peleó muy bien en la Batalla de Bailén, y lo hicieron teniente coronel. (leer todo).
México tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos: pero valían por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. (leer todo).
Hace unas horas, este pasado lunes se cumplieron dos años de la desaparición física de nuestro querido hermano Enrique Haroldo Gorriarán Merlo; El Pelado o Ricardo o Ramón o Gungo, como se lo conociera desde siempre en su natal San Nicolás. (leer todo).
"Mientras vivió, vivió de darse, como el misterio de la música, en el tiempo", diría de ella el poeta. ¿Qué tenía aquella mujer, que la hizo arder en un tiempo tan breve y fulgurante, y que dejó tras de sí una estela inolvidable?. Su confesor y amigo, el sacerdote Hernán Benítez, acerca una respuesta: "Era una mujer con un tremendo problema clavado en el alma. Continuamente se preguntaba: ¿Cómo es posible que el mundo esté hecho con diferencias sociales tan radicales? Su programa en la vida no era dar de comer al hambriento, sino redimir al hambriento de su hambre. Quería que el pobre dejara de ser pobre". (Entrevista en La Familia Cristiana Nº 516). (leer todo).
¿Por quién doblan las campanas? Doblan por nosotros. Me resulta imposible pensar en Guevara, desde esta lúgubre primavera de Buenos Aires, sin pensar en Hemingway, en Camilo, en Masetti, en Fabricio Ojeda, en toda esa maravillosa gente que era La Habana o pasaba por La Habana en el '59 y el '60. La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir, aun sabiendo que eso también es una especie de fatalidad, aun si uno pudiera consolarse con la idea de que es una fatalidad que sirve para algo. (leer todo).