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nota de opinión

El sueño colectivo inconcluso

Del Frade, periodista y referente de Proyecto SUR - Santa Fe

Carlos Del Frade

La felicidad del pueblo es el objetivo de la política, decía Manuel Belgrano. Pequeña y profunda definición que todavía no parece encarnarse en la realidad cotidiana de los argentinos del tercer milenio.
Felicidad que está sintetizada en la letra del himno libertario cantado antes de las batallas protagonizadas en las pampas sin límites y las nieves de los Andes: ver en el trono de la vida cotidiana a la noble igualdad. Condición indispensable para poder vivir con gloria, como también prometen aquellos versos. Los fundamentos de aquel 25 de mayo habrá que rastrearlos en las necesidades actuales. Su realización dependerá de la necesaria transformación de dejar de ser espectadores para pasar a protagonizar la historia. Cambiar las reglas de juego en la cancha grande de la realidad. De allí la importancia de aquellos días de 1810.

El programa político

Agosto de 1810. El secretario de la primera junta de gobierno, doctor Mariano Moreno es el encargado de redactar el programa político y económico que le dará encarnadura al invento de 162 personas que el 25 de mayo decidieron hacer un nuevo país y separarse de España.

Moreno escribirá el “Plan de Operaciones. Que el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia”.

Para la junta era vital el proyecto, el horizonte hacia donde marchar.

La situación no podía ser peor: “En el estado de las mayores calamidades y conflictos de estas preciosas provincias; vacilante el gobierno; corrompido del despotismo por la ineptitud de sus providencias, le fue preciso sucumbir, transfiriendo las riendas de él en el nuevo gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, quien haciéndose cargo de la gran máquina de este estado, cuando se halla inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y méritos desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios...”, describieron los integrantes del gobierno provisional el 18 de julio de 1810.

Moreno define la revolución como un proyecto sudamericano: “El sistema continental de nuestra gloriosa insurrección”.

Para el secretario es necesario modificar la estructura social: “tres millones de habitantes que la América del Sud abriga en sus entrañas han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor y capricho de unos pocos hombres”. Moreno sabe que los privilegios deben ser suprimidos si en verdad se quiere crear “una nueva y gloriosa nación”, como dirá más tarde una de las estrofas mutiladas del Himno Nacional.

Por ello quiere insuflar de decisión política al nuevo estado para que sea herramienta de distribución de riquezas: “qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aún cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco mil o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios, y demás establecimientos en favor del estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos”.

Y agrega que “si bien eso descontentará a cinco mil o seis mil individuos, las ventajas habrán de recaer sobre 80 mil o 100 mil”.

Un estado que arbitre lo necesario para cumplir el objetivo de la política, según el propio Moreno, que es “hacer feliz al pueblo”. Un estado que vuelque su poder en favor de las mayorías y en contra de los intereses minoritarios.

Con un proyecto de desarrollo del mercado interno y proteccionista de su comercio y su industria: “se pondrá la máquina del estado en un orden de industrias lo que facilitará la subsistencia de miles de individuos”.

El futuro del país pensado por Moreno “será producir en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación de sus habitantes”.

Durante una década no habrá interés particular por sobre las necesidades del estado revolucionario: “se prohibe absolutamente que ningún particular trabaje minas de plata u oro, quedando al arbitrio de beneficiarla y sacar sus tesoros por cuenta de la nación, y esto por el término de diez años, imponiendo pena capital y confiscación de bienes con perjuicio de acreedores y de cualquier otro que infrigiese la citada determinación”.

Repite su cuestión de estado a favor de una igualdad garantizada desde el poder: “las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande de un estado, no solo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un estado”.

No era solamente una advertencia sobre aquel presente, sino una profecía para los tiempos que vendrían.

El 4 de marzo de 1811 Moreno fue envenenado frente a las costas brasileñas y junto a su cuerpo también desapareció la voluntad política de generar y sostener un estado revolucionario.

La metáfora del cuerpo del revolucionario sumergido y desaparecido en el Atlántico es un macabro prólogo de lo que sucedería en los años setenta del siglo XX con aquellos que intentaban un cambio estructural en la sociedad argentina.

“La mayoría de los próceres de 1810 eran hacendados, comerciantes o barranqueros asociados con alguna casa de comercio británica, “los intereses particulares” que Castlereagh quería formentar. A los tres días de instalada, la Primera Junta levantó la prohibición al comercio con extranjeros; a los quince días redujo los impuestos a la exportación de cueros y sebo, del 50 al 7,5 por ciento; a los 45 días autorizó la exportación de metálico; a los sesenta días suprimió el impuesto especial del 54 por ciento que gravaba a los artículos de algodón del comercio inglés”, indicaron los colaboradores de Rodolfo Walsh y el propio periodista desaparecido en un estudio sobre San Martín publicado por el Centro de Estudios Argentinos “Arturo Jauretche”, en febrero de 1978.

Alberdi escribió que para Buenos Aires, “mayo significa independencia de España y predominio sobre las provincias; la asunción por su cuenta del vasallaje que ejercía sobre el virreinato en nombre de España. Para las provincias, Mayo significa separación de España y sometimiento a Buenos Aires, reforma del coloniaje, no su abolición”.

En ese contexto tanto Artigas como San Martín, representantes de los pueblos del interior, comenzaron a producir hechos políticos, tomar decisiones económicas y establecer líneas diferentes a los intereses que se adueñaron del sueño de mayo.

Sin embargo, las ideas políticas y económicas del Plan de Operaciones serían puestas en marcha por Artigas y San Martín cada vez que les tocó llevar adelante una tarea de gobierno.

He allí un camino abierto y un proyecto todavía no realizado.
Fecha: 15/06/2008
Fuente: infoSUR
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